lunes, 2 de marzo de 2015

Ser olvidado y olvidar

A lo largo de la vida y de las relaciones que he presenciado como espectadora y de las que he vivido siendo protagonista, me he dado cuenta de que llega un momento en el que uno cree que quiere olvidar a la otra persona, quiere irse y que todos los recuerdos, los momentos que se recolectaron a lo largo de la relación se vayan de nuestra memoria, que no quede nada que nos haga sufrir, que esos lugares que frecuentamos; esas canciones que escuchamos, cantamos juntos, o nos dedicamos; esas palabras que usamos; no estén más ligadas a la imagen de esa persona, a su cara, a su cuerpo, a su representación. Buscamos ser libres, buscamos desatar ese hilo invisible que nos une a ese otro ser, esa red que con tanto esmero y por tanto tiempo tejimos y que, al parecer, nos pesa y nos sentimos hace sentir aprisionados, afixiados y sin ganas de movernos hacia adelante. Pero la realidad es otra porque al deshacernos de todos los recuerdos compartidos, de las risas, de los momentos de rabia, de odio, de amor, de felicidad, nos estamos deshaciendo de una parte de nosotros, de un pequeño pedazo que ahora nos define y nos complementa, de una nueva parte de nuestro ser y de nuestra realidad que, al irse, nos dejará incompletos. Es en esos momentos en los que nos parecemos a Joel ("eternal sunshine of the spotless mind") cuando, a mitad del proceso, se da cuenta de que no quiere que el recuerdo de Clementine se borre, e intenta esconder esos recuerdos en lugares recónditos, donde puedan permanecer por siempre. Es ahí, al llegar a ese punto, cuando nos damos cuenta que si hay algo que duele más que ser olvidado, es olvidar. De que no importa si la otra persona se olvida de nosotros, de lo vivido, porque duele, sí, es cierto, pero poder recordar la historia, por alguna razón, hace que la situación sea más llevadera.